jueves, 17 de agosto de 2017

POR ABREVIAR SU AZOTE Y SU ALEGRÍA (10 SÍNTOMAS DE AGOSTO QUE SON PURO SEPTIEMBRE)


Paisaje tras la inundación
Este agosto me huele ya a septiembre y Brontë aún no ha entendido que no hay barra libre para aliviarse por los pasillos de casa. Desconozco si a la Artista antes llamada Minichuki le vale el uniforme del colegio, me resisto a dar a la tecla de compra de libros de texto en esa web que detesta Donald Trump y sobre mi cabeza los techos escupen los desnudos desconchones de la inundación que sufrimos el 31 de julio, cuando aún pensaba que el Verano era eterno y la entropía estival un gozoso espejismo.

No es un duelo precoz, es advertencia. Ayer ya pasé por la chapa y pintura de mi peluquera María, siempre cariñosa y saltimbanqui, y rematé con una pedicura impecable que me hizo sentir civilizada ipso facto tras unos días de asilvestramiento de pueblo y casa de campo de anuncio Tarradellas. Confieso que hace un rato, en un calentón muy compulsivo, casi reservo vuelos a Oporto para Otoño a un precio ridículo, pero las palpitaciones me avisaron como le avisa al ludópata en terapia el tintineo de las tragaperras. Mi cuerpo me pide acción y desacato y mi cabeza serena contención. Ardo en planes, he llenado mi libreta verde Montblanc de ideas disparadas que quieren ser proyectos y creo que al fin leeré el "Manual para mujeres de la limpieza", ahora que ya no está de moda. (El "it libro" es como la "it girl". Un ardor  con muchas papeletas para la decepción. me pasó con "El Jilguero", recordad. Y hay una larga lista de suspiros y abandonos).

De este verano me declaro turbina y resiliente, valga la dislocada adjetivación. Una RAE que le quita la tilde al "sólo" no merece tanto respeto, al fin y al cabo. He acabado cansada de contar ahogados e incendios en los telediarios, y he seguido el serial de la madre huida con los hijos sin llegar a una conclusión clara sobre quién es ella ni qué haría yo. También he considerado entre bostezos que Mónica la del Tiempo me resulta cargante sin negar su eficiencia y que es muy larga la espera para saber si mañana habrá nubes o el cielo nos aplastará con su acero de sol, algo menos mortal cuando agosto celebra su paso de ecuador.

No he querido saber, pero he sabido. Y lo mejor de este instante es que aún nos queda tregua. Unos días de mar, un salto de capítulo. Y después, esa bendita vuelta a una rutina que este año no es. Y  que lo que ha urdido el azar no lo separen la burocracia ni las listas de la compra. Eso que llamamos septiembre, por abreviar su azote y su alegría.



viernes, 11 de agosto de 2017

COGER MORAS ES COMO VOLVER A LOS SIETE AÑOS

 


Infancia
En el atardecer de ayer jueves tuve uno de esos instantes para congelar en la memoria. El patio de mi casa olía a lavanda, Brontë se había ovillado a mi costado, calentándome peludo y apacible para disimular los mordiscos de alfiler que me había propinado minutos antes, y yo bebía pequeños sorbos de gin tonic con torreznos mientras devoraba el final de una novela que no había conseguido arrebatarme y que ya tenía etiquetada como “lectura de playa” por su ligereza sin sobresaltos. Una novela mousse, para entendernos, en cuya contra se glosaban con la pompa habitual comentarios de sesudas voces afinadas en un discreto botafumeiro.

Entonces llegó lo bueno, en las últimas ¿50 páginas?, y me entregué sin reservas al desenlace de este thriller de la francesa Delphine de Vigan llamado “Basada en hechos reales “ (Anagrama), mientras el sol mostaza se desgranaba tierno sobre la enorme vasija de barro que antaño contuvo aceite y ahora es devorada por un manto la hiedra a una velocidad apabullante.

Pensé que el final de la trama era como esa trepadora, que de pronto te asfixia sin hacer ruido, con una economía de medios y una táctica de navajero avezado (corte limpio, sangre a chorro). Pensé: “Este es uno de los mejores veranos de mi vida”. Pensé: “No cambiaría ni una molécula de lo que me rodea en este instante”. Y que si tuviera un mando para detener el tiempo lo pulsaría a fondo, hasta con los pies fríos de ese atardecer de campo que se cuela en los huesos fingiéndose inocente.

En estos días atesoro diamantes, para cuando no haya. Ando con las antenas tiesas, paseo entre campos de colza anaranjados y recojo moras negras de zarza que no como sólo porque me llevan a mi infancia, cuando con mis hermanos salíamos al atardecer en busca del botín con el que mi madre haría mermelada (que tampoco comía, pero en fin): “¡Canicones, mirad qué canicones!”, gritábamos los cinco si de pronto avistábamos frutos enormes, y era fiesta.
Delphine de Vigan

La otra noche vimos justamente el documental sobre el gran recolector de azares, llamado Antonio Pérez. “Un objeto encontrado”, se titula. De Antonio he hablado a veces, de su museo en Cuenca, lo más parecido a un parque de atracciones donde subo a montañas rusas y nunca me mareo. El hombre tiene un perfil como el tajo de la ciudad donde se estableció tras volver del exilio en París, y una voz hacia dentro que a veces no te enteras muy bien de lo que dice, pero que te imaginas. El documental lo salva solo él, y a ratos sus amigos. Luis Gordillo, Miquel Barceló o Andrés Trapiello, cuya voz y palabra lo hacen flautista en mi Hamelín, si lo hubiera. La magia de recoger cosas que en sí mismas, en el lugar perdido, no tienen trascendencia, salvo para quien mira y mira bien, que se lleva a su casa, limpia y transforma. Y coloca en un contexto que de pronto enaltece y da sentido o sinsentido al objeto. Y es bello, procaz, hilarante o lúdico. O todo al mismo tiempo.
Antonio Pérez

Otra noche, mismo sitio, misma sensación apacible, le tocó el turno a “El Sol del Membrillo”, de Víctor Erice, sobre el proceso de creación de Antonio López. Otro de mis gurús sin él saberlo. El Antonio de la pantalla era aún un hombre vigoroso, imponente de hechuras craneales y con esa mirada de águila que se ha agudizado con los años. Hablamos J. y yo de que hoy sería impensable que esa película se hiciera y se estrenara, y estuviera meses en los cines como ocurrió entonces, en1992.

Disfruto en este ir yvenir delosdías que no entienden de modas ni quebrantos.Ydebo detenerme ya pues micursor sehapuesto enrebeldía y seniega a separarme las palabras.Quelosdiosesdelviernes o un técnico  piadoso acudan en miauxilio.

PD.La música de Carlos do Carmo es la que escuchaba ayer en la ducha. Ese fadista regio.
PD2.Dedicado a R,que recoge moras para volver a Nunca Jamás.


martes, 8 de agosto de 2017

MI INFANCIA ERA INMORTAL, EL PUEBLO OLÍA A VACAS

 El pueblo olía a estiércol y la casa a un potente matamosquitos que no entendía de perfumes florales. Anoche, bajando las escaleras angostas, me invadieron de pronto ambos aromas que ha amordazado el tiempo, aunque queda un remedo que estalló  sin preaviso en el recodo de los peldaños de la casa que fue de mis bisabuelos, Casa Marco, porque aquí los hogares llevan nombres raros que nada tienen que ver con los apellidos familiares.

Así, mi abuela era Merceditas “de casa Marco”. Su lápida blanca en el cementerio, a donde fuimos a las pocas horas de llegar al pueblo, reza solamente "Mercedes", y arriba, en una esquina, “Casa Marco”, por deseo expreso de mi padre, que también lo ha hecho bordar en las toallas a un tamaño descomunal. Un detalle insólito que más parece su empeño en resucitar obstinado el peso de sus raíces que una coquetería doméstica.

Porque mi padre siempre ha sido “un Adán”. Eso que decían antes para referirse al desaliño indumentario. Pero desde que descubrió Amazon y los tentáculos al mundo de Internet tiene más camisas que yo zapatos.

El pueblo donde me perdía de pequeña en aquellos veranos lentos donde me sentía inmortal no tiene pérdida. Las casas de piedra o enfoscadas siguen ahí, y el adoquinado de las calles es nuevo y muy civilizado. Apenas he visto perros, esos que me atemorizaban entonces, ni tampoco esos enormes excrementos de vaca que había que sortear hace cuarenta años para recoger en casa el bocadillo de pan con mantequilla y azúcar de merienda.

He vuelto brevemente a un lugar que no es extraño y sin embargo siempre ha sido de paso. De paso entre veraneo y veraneo, de vuelta antes de casarme, casi inexistente mientras pasaban los años y nacían y crecían mis hijas. Y desaparecido como un hiato largo cuando los lazos se rompieron y el corazón se hizo añicos, condenando al pueblo al olvido, y con él a toda la región montañosa y adusta que es el Pirineo.
 
Hoy, el río sigue ahí, pero el agua parece haberse domesticado y ya no es el acerico  de agujas de hielo de entonces. O lo mismo soy yo, más protegida por la carne que entonces era puro hueso con fibra. Y en dos días me he pegado largos baños, y he buscado a esos tábanos que acribillaban la misma piel que la crema Nivea lata azul desprotegía y exponía a quemaduras que nos impedían dormir y que mi madre atemperaba con vinagre. Pero en esos años nadie hablaba de cáncer y despellejarse era casi un ritual iniciático de las vacaciones. Si no ardías, no eras nadie.

El pueblo de mi niñez era la plaza llamada “El Plano” y un helado mini Apolo que se anunciaba en la tele y cuya letra y música aún recuerdo. Mis padres nos lo compraban algunas noches, después de cenar, y nos parecía un detalle muy excepcional. Salir a la calle a esas horas era la libertad tras el férreo régimen familiar del curso y sus rutinas escolares. El reloj de la iglesia marcaba el tiempo de la ausencia de prisas, subido en bicicleta. Y también llamaba a la misa del domingo donde mujeres y niños nos sentábamos frente al cura y los hombres atrás, como para salir huyendo de dios en un descuido.

A mi padre, un día, le dio por volver al pueblo y asentarse, y ahora es uno más. Como la Peña Montañesa que reina, sacerdotisa regia. Como los jabalíes o la longaniza del aperitivo con esas deliciosas cañas de Casa Sidora que nos han hecho felices a mis hermanos y a mí. Y entiendo que hay un día en que la ciudad te desposee, y mi padre lo vio e hizo el petate. Y asumo que para él volver a vernos es un éxodo duro, y que a partir de ahora nos tocará venir, y podrá ser gozoso.

No recordaba el sol, despiadado. El Norte de aquí es un Norte hostil cuando le da por calentarse, no como mi Norte astur. Ayer de caminata el cuero de la piel se acartonaba y un cadáver equino nos recordó que en estos parajes no se andan con tonterías. Y que sólo las cabras se sienten como en casa.

Y justo antes de volver busqué en las esquinas del viento a mi abuela, la Yaya. Que subía cargada de café para la parentela, cuando el café era un lujo, hace ya tanto... Y espero que nos vea desde la Peña Montañesa hoy sembrada de nubes contemplando los muros de esa Casa que ha resistido el paso de los años sin perder el olor a chimenea de ayer. Y a donde habrá que volver a encontrar a mi padre, a besar esa infancia fugitiva.


domingo, 30 de julio de 2017

MI VIDA CON BRONTË (#YONOQUERÍAPERRO)



Brontë
 Naturalmente, yo no quería un perro. Y tenía poderosos argumentos, bastante convencionales y aburridos:

-Es una esclavitud.
-Las casas con perro huelen a perro y están llenas de pelos de perro.
-Tus hijas te jurarán por sus vidas que lo sacarán todos los días, que tú jamás recogerás una caca con tus manos, que si ladra se lo llevarán para que puedas escribir... Y tú acabarás madrugando, renunciando a la siesta y trasnochando para sacarle a la calle. Haga frío, calor, tiemble el suelo o el viento sacuda tus hombros y se arremoline en tus botas.

-Cuando el perro se muera sufrirás un dolor muy seco y ardiente. Como un aullido en el tímpano que no se apaga, que va mitigándose con el paso de los días y el calor de las lágrimas. Cuando éstas dejen de saber a sal, será que el duelo ha terminado. O eso dicen.

-Y entonces buscarás otro perro aunque juraste que nunca más, pero todo el mundo te dirá que un clavo saca a otro clavo -no en el amor de novios pero sí en el amor perruno- y claudicarás y volverás a enamorarte y a entregar tu corazón de terciopelo añejo a otro bicho peludo que trotará a tu alrededor y te chupará sin usura cada centímetro de tu cara, de tus pies, de tus orejas.

Y te oirás decir todo eso que te decían "esos frikis con perro":

Que es incondicional. Más que cualquier amante, más que tu mejor jersey de bolas.

Que te mira con una mirada profundamente humana. Compasiva, interrogante. De una comprensión tan sobrecogedora que te preguntas si no será una reencarnación de alguien que te quiso mucho y quiere decirte algo.

Y han pasado cinco, diez, quince, años desde que tu hija mayor empezó a pedirte un perro, como hacen todos los hijos según guión preestablecido. Y no menos de diez desde que a su letanía se unió su insistente hermana -la Artista Antes llamada Minichuki-. Y astutamente llegaron a proponerte un trato que nadie puede rechazar : “Si no piensas darnos un hermano, al menos danos un perro, por favooooooooor”.


Y un día, no sabes muy bien por qué, tu NO rotundo se transforma en un “¿Y si?”

Porque miras tu vida y entiendes lo mucho que se ha movido tu paisaje. Una vorágine de cambios que empiezan con un sentimiento poderoso y perdurable, siguen con un sueño cumplido -casa con patio en un pueblo- y acaban con tiempo -segundos, minutos, horas...- despoblado de telarañas en la cabeza.

Y empiezas a considerar que es el momento. Que lo mismo lo que ese animal va a darte es mucho más de lo que nunca te pedirá.

Y tus hijas atisban esa grieta, llámalo titubeo, y se cuelan por ella como agua de lluvia furiosa por un tejado roto. Y te muestran una, dos, decenas de fotos de perritos adorables y perfectos, chuchos canallas o aristócratas, al grito de “se adopta”. Y les adviertes, como si tu voz no fuera tuya: “De acuerdo, pero yo tengo el voto veto, la acción de oro. Y el cachorro no podrá ser un adulto más alto que el sofá de casa. Ni una rata enana”.

Y empieza un casting que termina con Brontë en nuestros brazos. Negro azabache, de elegantes orejas largas y una mancha blanca en el pecho que muestra para que le rasques mientras te clava sin saña sus dientes de leche. Trotón, torpe y tembloroso el primer día.

Cocker Spaniel. Cazador, nervioso, dependiente (según rezan los tratados perrunos) 

Y han pasado menos de dos semanas y ya es uno más en la familia, ese lugar común. Con algunas destacadas ventajas sobre tus hijas, como que siempre te saluda como si fuera el día de tu cumpleaños y se deja mimar a todas horas.  Y ya sube escaleras, y no tiembla, y entiende antes que tú los crujidos, las sombras, los olores..

Naturalmente, no he cumplido mis juramentos. Limpio pises y cacas. Le dejo morder mis zapatillas y si gime porque intentamos que se acostumbre a estar solo algún tiempo se me rompe el corazón.

Y sí, se llama Brontë aunque sea macho, porque nos gustó mucho y total es un apellido insigne que nada malo puede presagiar. Pero a veces se me escapa y me dirijo a “ella” y es posible que termine causándole un trastorno de confusión de género. 

Pero quién dijo miedo.

Y no sé cómo explicar la sensación de escribir con el monte a un lado, en esos tonos ocres del verano y mi perro, nuestro perro, a mis pies. Apoyando siempre su cabeza para sentirme. Defensor y leal. Aun tan pequeño.

"Llegaste en el Momento", le diré cuando sea mayor y siga cerca. Y le deberé tanto que creo que debo ya a empezar a devolvérselo.

jueves, 27 de julio de 2017

SIMULACRO DE DIVORCIO PARA SERES FELICES. (Monólogo del Club de la Tragedia)

By Richard Serra
Recogí en mi red de pesca una frase de Richard Serra, ese artista total cuya obra me provoca tanto vértigo como rendida admiración: "Para mí, el dibujo es una rutina diaria, un sitio al que acudo en busca de alimento”. Yo para eso mismo acudo a la escritura, al trote por el parque retomado, al arte en los museos, a mi casa con patio, a los abrazos con beso sin baba y a los encuentros con mis amigas. En tiempos de temblores en el suelo y golpetazos en el techo -una obra en el piso de arriba me recuerda que la guerra de Bosnia Herzegovina sigue vigente- sólo quiero ver a quien me aligera el peso de mis pies encharcados. Y cuando nos despedimos, siempre hay un eco que resuena.

Rebobino una semana de estrechos momentos de amistad y llego a la confidencia triste de mi querida M. Un divorcio dentro de una familia piña es un tsunami y ella tiene esquirlas de amargura en la mirada. Yo relativizo con esa know how de divorciada añeja y satisfecha, y luego pienso que toda pareja feliz debería hacer un simulacro de separación cada cinco años. Algo así como el servicio militar en Israel o la evacuación anti incendios que te obliga a salir pitando de la oficina para comprobar el minutado del espanto si ocurriera el espanto.

La cosa sería como sigue: "Tenemos que hablar" (la frase más amenazadora de la historia). Y en un sofá seguramente de IKEA debatir la custodia de los hijos, aportaciones económicas, periodos vacacionales y hasta turnos del perro. Serenamente, sin nudos en el estómago ni tabúes. Con toda la crudeza del descenso a las cloacas del desamor, y asumiendo el riesgo de salir algo trasquilado (equivalente a que se te dispare el arma en las prácticas de tiro).

No hay nada tan contingente como el enamoramiento. Y nada tan estúpido como contagiarse de los claims del romanticismo barato para pensar que siempre dura siempre. El desideratum de amor es mucho más realista que el ardor, y no precisa un saco de antiácidos. A base de practicar con desigual nivel de desempeño he aprendido que cuando encuentras al Otro asumes el miedo de la pérdida y el "tenemos que hablar" no es un monólogo del Club de la Tragedia sino un dueto vivaz que a veces, sólo a veces, lleva lágrimas que conviene enjugar y sorber sin temor a que se te corra el rímel.

No aferrarse al amor podría ser la mejor manera de perpetuarlo. Se me ocurre. Uno no es el otro, como no es lo que hace para ganarse el pan, sino cómo lo hace. Qué talento despliega, cuánto riesgo asume, qué arrojo y generosidad pone sobre la mesa. Qué dimensión alcanza lo que crea. Qué grado de resiliencia demuestra cuando vienen mal dadas.

Busco estos días mi alimento, querido Richard Serra, como mi perro Brontë husmea el comedero. Me pregunto por qué siento esta extraña plenitud, este optimismo que impulsa ingenios y no entiende de derrota. El depósito está lleno, benditas sean las musas, y no hay calor que no soporte este cuerpo dispuesto a recibir las llamas de un incendio que no arrasa los bosques. Sin saberlo he vivido simulacros de pérdida. Así que estoy entera y decidida. Diría que a borbotones, si hubiera que pensar en una imagen. La lava del volcán, el mar a punto de nieve.

Vuelvo a tu laberinto en el Guggenheim. La materia del Tiempo. Esas sensaciones que revivo cada vez que me sumerjo en tus bucles de acero, cada muerte de Papa.  La presión, el delirio. Ideas a destajo.  Soledad necesaria, sé que insisto.

Mi alimento más básico, ahora lo entiendo, es todo lo que provoca una chispa y va tomando forma en un cuaderno. Y me quedo sin páginas, socorro!







martes, 18 de julio de 2017

NI IDOS, NI IROS (VARIACIONES EN TORNO A UNA SENTENCIA DE LA RAE)



Glenn Gould
“Bueno, no me gustan las etiquetas y las listas, y ésta, como la mayoría, está llena de agujeros, jorobas y medias verdades. (El lector está invitado a presentar la suya; no envíen etiquetas, todas las propuestas serán juzgadas por la pulcritud, caligrafía y universalidad de su aspecto)”
Quien sentencia es Glenn Gould en sus ”Escritos críticos” (de.Turner) y por su lista menudean Prokofiev, Brecht, Strauss o Bartók. El mejor intérprete de las Variaciones Goldberg de Bach; el excéntrico intérprete de piano que inspiró “ElMalogrado” deThomas Bernhart (Alfaguara), uno de los libros que pediré a mis hijas que quemen conmigo cuando se me olvide respirar. El volumen de Gould no es mío, pero me guarda el aire hace unas semanas y siento su aliento sobresaltado sobre mi frente. Sus Variaciones me han acompañado muchos años, a veces machaconamente, con esa obstinación que es fruto del asombro del hallazgo. 

 “La actitud multiplica”, me recuerda mi amiga N desde el wasap, ese invento diabólico del que otra amiga, B, ha decidido borrarse porque está harta de comunicarse como un robot: “Quien quiera hablar conmigo que me llame por teléfono”. Tiene toda la razón, y seguro que comulga con Elon Musk, el cerebro detrás de Tesla que augura un tenebroso futuro para la humanidad dominado por las inteligencias artificiales (en adelante A.I).

La ira de Blanca, desvelaré su nombre, nada tiene que ver con el tema del día: idos o iros. A mí que la RAE sea noticia y puede que trending topic me dispara las pulsaciones. ¡Aún hay futuro para la civilización, mientras llegan y no llegan las A.I.! Cuando yo era pequeña teníamos unos vecinos de urbanización que no eran ni de iros ni de idos. “Veros de aquí”, gritaban a sus hijos, y a mis hermanos y a mí nos entraba la risa floja. Ya de mayor, la ira me asalta tantas veces como el delirio, pero mi sueño es pasarme de ida (ese estado contemplativo que en mi familia siempre ha estado sospechosamente cercano a la vagancia, y que también significa mi rebeldía a estar de vuelta, mal atávico que no entiende de edad).


Imagino perfectamente a Glenn Gould gritando “veros de aquí” a esos groupies que lloraron su retirada de los recitales y tuvieron que conformarse con sus grabaciones. Adiós al hombre contrahecho del taburete  que tarareaba sus melodías mientras las desgranaba a ritmo vertiginoso sobre su Steinway. El misterio enalteció su leyenda: irse para no irse. ¿Qué dirían la RAE y Pérez-Reverteal respecto? ¿Cómo describir con un término preciso la determinación extrema, bordando la locura, de un genio que no se retira con Dios a un monasterio o a una cabaña de anacoreta, sino con la Música, esa mujer desnuda que en cada movimiento le subyuga y seduce con su cimbreo inquieto y armonioso?

Estoy tan ida y tan radicalmente asida a la tierra fecunda de las teclas que siento un ir y venir de notas vivaces, juguetonas, en la boca del estómago. Llámalo planes. Euforia contenida y placentera que burla la letra del fracaso que no es. Ahí afuera hay un Mundo, admirado Elon Musk, y no sólo la amenaza de esos robots que temes y que, siento decírtelo, ya contemplaba Glenn Gould y cita en su libro, donde también responde a la pregunta de un periodista sobre su opinión acerca de los intérpretes de piano del momento:

Creo que Alfred Brendel toca los conciertos tan bien como nadie al que haya oído nunca. Realmente no puedo imaginar una mezcla mejor de brío y afecto”.

Brío y afecto. Eso persigo yo, estando ida y sin ira. Y siendo martes...



 

miércoles, 12 de julio de 2017

MI CORAZÓN ESTÁ LIBRE DE CARGAS

 
Uno no puede moverse ni un palmo respecto al lugar donde está su corazón”, dice Leonard en "Clarissa" (Editorial Acantilado), la última novela de Stefan Zweig, y apenas unas líneas antes sentencia que “los cargos importantes son peligrosos para los hombres mediocres, les cambian el carácter cuando deben sobrepasar sus propios límites”. 

Ay, Clarissa, cómo entiendo que te estés enamorando de este hombre, sea cual sea vuestro destino. Te leo junto al mar, que bate cantábrico y falsamente calmo unos metros más abajo, superada la franja de helechos y hierba primorosamente segada por unas manos que no ves. Apoyada en una mesa de madera tosca, la brisa lateral despeinando la crin que es mi pelo cuando coquetea con la sal húmeda que aquí no huele a nada. Graznidos de gaviotas discretas, que no se posan cerca por no inquietar tu lectura. La vida por delante.

Me inquieta no estar inquieta, lo digo y se me recrimina dulcemente: “Tu cabeza es una turbina, no descansa un instante”. Si no apunto y cazo al vuelo pensamientos no soy, así que arrastro mi cuaderno verde allá donde me empujan mis pasos, ansiosa de captar un síntoma que anuncie quizás que me he puesto una venda al miedo como los mozos se ajustan la faja antes de vomitarse en la cuesta de Santo Domingo cada mañana: “¡A San Fermín venimos, por ser nuestro patroooooón...”. Rituales que nos construyen, refuerzan los goznes de nuestras bisagras y nos dan metros de vuelo.

Mi corazón, diría, está libre de cargas, como los buenos pisos. No albergo rencor ni mala baba contra quien me apartó de su reino. No puede tocarme, ni siquiera rozarme con sus balas. Compruebo satisfecha que nunca he sido lo que rezaba el membrete del sobre que me anuncia. Sobrepasar los límites es no tener límites, no sentirlos y ya está. Ahí afuera hay un ejército de sirenas cantarinas y he decidido darles audiencia a todas ellas, por turnos algo laxos y con parada obligatoria para dormir la siesta.

Caigo a plomo, despierto como en un ataúd y pido línea conmigo misma. Paseo en compañía, a ratos en silencio, admirada de lo que la naturaleza es capaz de construir si se la deja libre y tranquila. Así como me siento, calzada con mis botas de siempre, tantos años guiando unos pasos que repiten el hilo de vibrantes pensamientos a ratos inconexos. Y sin embargo okupan una página, y otra, obstinadamente, y se les deja estar aunque divaguen. Las grandes ideas nacen deshilachadas, eso pienso.

Y entretanto aprendo de Stefan Zweig, de su prosa fecunda y elegante, sin malabares de brillo y purpurina, y me asombran sus descripciones meticulosas, precisas, de personaje, y las subrayo para intentar apoderarme del secreto de esa técnica aparentemente sencilla que encierra un tesoro ilusionante como los de los viejos cofres que encuentras en la orilla del mar.

Y es tan verano que estoy hiperactiva, y de tantos proyectos casi vuelo, y no albergo una micra de desaliento. Nunca fui mis tacones, sólo me elevaron del suelo como un trampolín en la piscina olímpica. Estoy, así lo siento, donde mi corazón, querido Leonard. Mi cerebro excitado, los pies en línea de salida a punto de escuchar el disparo que anuncia otra carrera. Poderosa y febril, humildemente vuestra.

viernes, 23 de junio de 2017

TENGO UNA BECARIA QUE ES COMO OLIVIA NEWTON-JOHN

Confieso a mi pesar que nunca he sido mitómana; ni mucho menos mitomaníaca. No he peregrinado detrás de una estrella del rock ni he buscado hacerme fotos con famosos, aunque por motivos profesionales he tratado con muchos. Luché, que yo recuerde, por ver Grease cuando era pequeña y a mis padres les debía parecer una película "poco edificante", pero se  había convertido en un fenómeno social, de manera que  yo no podía mantener una conversación solvente sin quedar como la pringada de la clase. Luego, conseguido el reto, mi hermana y yo ensayamos una coreografía en la que a ella le tocó ser Travolta. Por entonces yo no era rubia, ni falta que me hacía. Un maillot de gimnasia del colegio y unos leggings negros te convertían en Olivia  ipso facto. Además ambas éramos monjiles y con ese aura de vírgenes que tardaría tanto en caer.

El párrafo anterior hará que me quemen en hoguera los jovernícolas por caduca. Me importa tres. Tengo 50 años y me siento efervescente, pero poco tolerante a la bobada. Hoy la mitomanía se da por supuesta. Cualquier mamarracha es Olivia Newton John sin haberse marcado un baile mítico ni perdido la cursi inocencia en un college norteamericano. Basta con que posea el certificado de Influencer. Un título que te dan sin estudiar, sólo por conseguir que muchos aplaudan cuando bostezas, pegas un golpe de melena o dices Pablito clavó un clavito, qué clavito clavó Pablito.

Entre tanto aburrimiento nada me excita más que cruzarme con jóvenes sorprendentes. Como una becaria que cada mañana viene como un ratón silencioso a mi mesa y me sobresalta: "¿Hola, qué hago hoy?" Es una de esas personas que enseguida ves que van por libre. Parece insensible a las modas, sabe mucho de novela negra y le brillan los ojillos bajo sus gafas. Cuando llega se me escapa una sonrisa, la encuentro tan fresca y con tan poco postureo, tan ansiosa de aprender y tan atenta, tan lista en la ejecución de lo que le encargamos, que ayer le dije: "Cuando sea mayor pienso contratarte en el negocio que monte". Ella puso ojos bailones y confesó: "En mi grupo de clase estamos montado un negocio, una aplicación para...". La idea era brillante, así que no la destriparé aquí. Le alabé el ingenio, ella siguió: "Hay un profesor que se quiere unir al proyecto". Se me escapó un consejo: "Ni se os ocurra meter al profesor si no es imprescindible. Se quiere sumar al carro del éxito". Ella asintió con la cabeza. Luego pensé que mi consejo era un poco destroyer. Un poco maternal. Pero creo que útil.

Todas las generaciones tienen cerebros esponjosos como el suyo. El hecho diferencial es que los listos ganan mucho si además no son arrogantes. La humildad, he descubierto con los años, es un valor si no deviene exceso de modestia. La visibilidad es necesaria. Me irrita sobremanera relacionarme con quien se adorna todo el rato y multiplica por diez sus méritos, no sea que no nos hayamos enterado. Desde que soy apóstol del silencio resulto mucho más antipática, pero es que el ruido y las voces altas me impiden concentrarme en lo esencial.  Tengo una libreta con nombres de personas con las que iría a la guerra (llámese emprendimiento). Un dream-team ecléctico y cargado de talentos. Ayer apunté a esa becaria, puse Olivia Newton-John, no sé por qué. Hoy he anotado otro nombre, y se lo he hecho saber al interesado, que madruga como yo.

¿Y John Travolta?, pensaréis. Pues la verdad es que para mí sólo ha quedado como el tipo que sabía agitar la pelvis al servicio de una diosa. Luego se puso implantes en el pelo y se hizo cienciólogo. Es lo que tienen los vainas entretenidos en darse brillantina en el tupé, qué le vamos a hacer.

PD. hace unos días Olivia Newton-John canceló su gira porque vuelve a tener cáncer. Me dio mucha pena. ¿Será mitomanía?


miércoles, 21 de junio de 2017

ENTRE MAGRITTE, SJ PERELMAN Y PULP FICTION. MI EXPERIENCIA APOCALÍPTICA

Y entonces el editor de editores, a quien yo había pedido una recomendación de libros para este verano, me envió ayer un cómic: "Casi todo Baxter. Nuevas y escogidas ocurrencias", de Glen Baxter (Anagrama). "Una especie de mezcla loca de Magritte, SJ Perelman y Pulp Fiction". Irresistible, pensé yo anoche, abatida por los acontecimientos y con la coraza del sudor pegado a mi piel. No, no era un cómic, era un libro de pensamientos a caballo entre el absurdo y el ingenio, en formato dibujo. Un Roto sin sordidez. Cosquillas bailonas frente a pellizco de torturador.

Para mí, que tengo a El Roto como grande entre los grandes (un pelín menos desde Feininger, maestro entre los maestros), el género cómic es como los espaguetti o el color rosa: me gusta, pero no me encanta. Si puedo elegir tiro para el negro o la paella mar y montaña. Pero admiro al dibujante que convierte una reflexión en ironía con formas y colores. Desgastar las palabras es como dejar un grifo abierto o la luz encendida en la cocina (eso que en mi casa se estilaba hasta que empecé a penalizar con multas de paga).

Hablando de multas, ayer fui multada en la carretera por unos agentes muy serios que me obligaron a hacer maniobras peligrosas en el tráfico de entrada a la ciudad hasta colocarme sobre un trazado en forma de raqueta en medio de la calzada (ahora entiendo al fin para qué sirve). Yo regresaba contenta de una entrevista con un señor talentoso y apacible que vive rodeado de pinturas, perros y gatos, y éstos no me habían atacado. El señor y yo disertamos, entre otros asuntos, sobre el verdadero significado de "extravagancia" y entonces se desató una tormenta. La penumbra de la sala la hacía confesionario. Olía a aguja de pino, a lavanda y a tierra mojada por las primeras gotas de lluvia. Le dije al señor que a mí el presente me huele a apocalipsis. Se mostró completamente de acuerdo conmigo y me confesó que él teme decirlo en público porque le llaman agorero.
El recreo del lñider que lanza bombas al sol

"Cierto", respondí. Pero ahí afuera están pasando cosas. Hay un país que se ha retirado de un acuerdo internacional de protección del medio ambiente y nos va a atufar sin mala conciencia. Otro que se divierte lanzando pepinazos nucleares (de ensayo, pero pepinazos) cada poco para amedrentar y reírse mucho con cara de idiota. Hay unos pirados que se ponen cinturones explosivos y se suben a una furgoneta para estamparse contra gente de bien que transita las ciudades. Hay un narcisismo agudo que nos está convirtiendo en niños mimados en busca del aplauso de todos, y en frustados con rabieta cuando no lo conseguimos. Hay líderes mediocres que se llenan la boca de palabrería sin fuste. Hay trepas que preparan su asalto en las cocinas haciendo ruido con los cacharros. Hay Telediarios que desperdician dos preciosos minutos hablando del lenguaje del abanico, esa chorrada decimonónica. Hay futbolistas multimillonarios sospechosos que tangar al fisco que además se ponen chulos y amenazan con irse del club porque se sienten maltratados.

Hay gente buena, y noble, y lista, que no se adorna y pedalea. Y hay una cosa muy útil y gratis que es el silencio. El vacío para poner cada ruido en su sitio y buscar la esencia de lo que para cada uno es importante. Y que te pongan una multa no es tan importante como para llenarte de ira en una tarde en la que volviste a casa sintiendo aún el calor en la piel de una conversación nutritiva. En un cuarto con vistas a un pinar que olía a bendición del cielo. Y el señor lo ha hecho todo, y ha recibido premios. Y es de una humildad apabullante. Tanto como la ternura del gesto con el que me despidió en la puerta: "Vuelve cuando quieras". Ojalá.

miércoles, 31 de mayo de 2017

¿EL ORDEN DE LOS APELLIDOS ALTERA EL PRODUCTO? (Cómo elegí el de mi madre hace 30 años)

Los Fernández Galvín, en la era del Cuéntame
Hace casi 30 años que uso el apellido de mi madre. No es que tenga nada contra mi padre, es que un día, en mis albores profesionales, alguien pensó que era mucho mejor dar prioridad al menos vulgar de los dos. Una especie de pasaporte al honor y la gloria. O a la catástrofe, que también podía haber sido.

Según la herramienta mágica del INE, en España hay 917.924 que llevan Fernández por su padre, frente a 855 Galvines. Imbatible marcador.

Confieso que anoche me alegró la noticia de la reforma del Registro Civil que permite a partir del 30 de junio que los padres y madres elijan el orden de apellidos de sus hijos. Es lo que yo hice por las bravas, para disgusto de mi progenitor, a quien a día de hoy aún debo explicarle que no es nada personal.

Mi madre, sin embargo, no se siente especialmente orgullosa de que usurpe el suyo. O al menos no lo manifiesta abiertamente. De mis cuatro hermanos, sólo el pequeño y yo somos requeridos al grito de Galvín. Pero es mi caso es además mi firma, la rúbrica indeleble. O sea, que lo en J sería pecado venial  en mí caso es de los de penitencia con muchos padrenuestros y muchas avemarías. 

A mí me llaman Fernández los de mi sucursal bancaria, Hacienda, los teleoperadores pesados  que telefonean a las 21 horas esperando pillarte con la guardia baja para venderte una oferta tramposa, los médicos y la policía las pocas veces que he ido a poner una denuncia. O sea, que soy Fernández para los marrones. 

Para la simulación, la creatividad, la firma de mi libro, los delirios de grandeza o los piropos callejeros (no muchos, no me haré la chula) soy Galvín. A veces, Galvin sin acento. O Miss Galvin para amigos vacilones en momentos de refinamiento fortuito. 

Mi segundo apellido es breve y cantarín, además de contundente. El primero invita al sueño, a ser masa sin rebelión. A que tras un viaje con escalas más largo que la noche de un ciego llegues a un hotel de Nueva York con tu hermano y os den una habitación con cama de matrimonio...
La prueba del delito


A veces, para tocarme las narices, algunos me llaman Fernández como quien dispara con perdigón y yo me hago la loca. Espero, papá, que sabrás perdonarme. Al fin y al cabo, el apellido es más contingente de lo que creemos, tú bien lo sabes.

Si eres serial killer y te apellidas Galvín, tendrás muchas más papeletas de que te recuerden por generaciones. Fernández, sin embargo, irá palideciando y al final lo confundirán con Rodríguez, con López o con Pérez, y tu fama tenebrosa se la tragarán los gusanos, como las cuencas de tus ojos. 

Mis hijas, eso sí, lucen esplendorosas el apellido de sus padre, bello y nada vulgar. Si lo tecleas en la citada herramienta INE, te devuelve: "No existen habitantes con el nombre consultado o su frecuencia es inferior a 20 para el total nacional (ó 5 por provincia)". A mí, a nivel madre, me trae al pairo ser anónima y ceder todo el protagonismo. Eso sí, también ellas pagan el peaje de ser tan raras avis: como casi siempre se lo escriben mal, no hay manera de encontrar sus fichas a la primera cuando vas a la revisión médica o a cualquier instancia administrativa.  

"Tiene sus ventajas, chicas, aunque ahora no las veáis. El día que cometáis una estafa piramidal, o algo, podéis borrar vuestras huellas con más facilidad porque fijo que el inspector de policía lo ha escrito separado y acabado en g". 

Mi padre -ahora sí- estaría orgulloso de mi perspicacia. Es muy de los Fernández.

PD: Mi grupo de Wasap se llama Galvines. No aceptamos a mi madre. :))