domingo, 21 de enero de 2018

¿QUIÉN TE PROTEGE DE TU FAMILIA? (Reflexiones en torno al horror de los Turpin)

Me cuesta leer la diabólica historia de los Turpin. Empiezo y me duele demasiado. Una parte de mí, lo reconozco, quiere saber detalles. La otra se estremece y rechaza casi físicamente la terrible verdad. Dos monstruos con 16 víctimas, sus hijos. Todas las versiones del maltrato más perverso. El de palabra, obra y omisión. Y ese uso de las redes sociales para aparentar que eran una maravillosa familia, con todos los niños vestidos igual, flaquitos, sonrientes y formales.
 

No me sorprenden, sin embargo, esos likes aprobatorios de manos que nada sospechaban pese a que llevaban años sin poder acceder a la familia. Nadie sabe lo que pasa en una casa salvo sus moradores. Siempre lo pienso. “Eran muy normales” es un comentario habitual de los vecinos cuando llegan las cámaras de televisión después de que el juez haya levantado el cadáver y los buitres sobrevuelen el cielo, saciados de vísceras y horror.
 

Siempre lo recordaré. Era un vecino, un señor juez y profesor de la universidad. Saludaba muy ceremonioso en el portal si te lo encontrabas. Con un loden verde demasiado largo, enjuto y concentrado en esa mirada de zorro miope bajo unos cristales gruesos. A su mujer, lo fuimos sabiendo los niños a medida que nos hacíamos mayores y escucharemos retazos de conversación fugitiva  de descansillo, la vejaba y le hacía pasar penurias económicas mientras él administraba los muchos pisos de los que era propietario. A sus hijos, encantadores, parece que tres cuartos de lo mismo. Un día la madre "se cayó accidentalmente” mientras limpiaba una ventana y murió al instante, desnucada. Mi madre recibió la llamada cuando regresábamos en tren. Lloraba amargamente. Todos lo sabían. No, no lucía marcas físicas de maltrato, pero tenía una mirada gris oscura y siempre se esforzaba por saludar con alegría. Supongo que un día no pudo fingir más y quiso quitarse de enmedio sin dar demasiados problemas a los suyos. A él casi nadie le estrechó la mano en el funeral.
La Familia Von Trapp de ficción

 

¿Qué es ser normal? ¿Hay límite a la perversión de la que es capaz el ser humano? ¿Quién protege a los niños, a los ancianos, a las mujeres, a muchos hombres también, de la familia? La familia es el único reducto en el que aún no han entrado los vigilantes. Esos impertinentes fisgones que saben dónde compras, cuánto debes a Hacienda, quiénes son tus ex y en qué gasolinera reportaste. Tus tratamientos médicos, tus bajas laborales, los teléfonos a los que llamas o las webs donde ventilas el insomnio.
 

Hace unos días los madrileños recibimos una carta del Ayuntamiento con un cartón como el de los hoteles  para colgar en nuestra puerta y avisar a posibles vecinas maltratadas de que éramos sus amigos y podían llamar y pedir ayuda. "Mi puerta está abierta por los Buenos Tratos", rezaba su texto. Me pareció un poco ¿sensacionalista?. Voluntarioso, pero estéril. Si el maltratador/a veía la señal ya sabría a dónde ir en caso de denuncia. Si tus vecinos son una pareja que se grita -no es el caso- tendrían suspicacias contra ti. Lo encontré publicitario de más, casi un gesto de campaña. Tiré la carta y su enseña a la basura, pero me quedé pensativa. ¿Igual estaba equivocada?. ¿No era una manera de entrar en una casa del horror sin incurrir en allanamiento de morada?
 

Campaña Ayuntamiento de Madrid
La Familia. La institución más poderosa y la más libre. A veces, la más abyecta. Una tapadera perfecta. Una impostura ocasional bendecida por la gracia de dios. Padres y madres con hijos perfectos. Todos vestidos iguales, sonriendo a la cámara porque han sido adiestrados para ello. Educados, obedientes  y rubios como los hijos del capitán Von Trapp. ¿Quién se atrevería a cuestionarla? El derecho a la intimidad o el derecho a la vida. A la salud. Al amor verdadero. La violencia se cuela por las rejillas de las casas y a veces huele, pero te tapas la nariz. No es asunto tuyo que la hija poseída de tu vecina de patio la grite y la insulte con una crueldad insoportable. No es asunto tuyo que una mujer triste te hable con los ojos y no pase de ahí porque no puede. Pero sí lo es opinar en las redes de cualquier cosa, desprestigiar con un clic. Machacar a cualquiera con 180 caracteres y un dedo. Algo a mí no me cuadra. Esta desproporción. Tanto desatino.



 

miércoles, 17 de enero de 2018

¿NOS HACEMOS UN SELFIE CON LA CARA LAVADA? BENDITA FRANCES MCDORMAND

Frances McDormand
 “Creo que los arreglos cosméticos de mi profesión son solo un riesgo laboral. Lo digo en un sentido más cultural. Estoy muy interesada en empezar una conversación sobre envejecer con dignidad. Creo que el edadismo es un enfermedad cultural, no personal".  

Arranco el día aplaudiendo la inteligencia voraz y la valentía de una mujer, Frances McDormand, a la que admiro sin reservas. No sólo por su trabajo -"Fargo" es una de las películas en las que siempre pienso cuando pienso en el gran cine- sino por su contundente elegancia al ir contracorriente. Por el peso específico de su pensamiento de wolframio. Porque cuando ella llega a un photocall se borra el ruido y los contornos del aire parece que la elevan, tan digna y poderosa. Porque si yo estuviera entre la prensa que asiste a estos eventos moriría antes que preguntarle de quién es el modelo que lleva puesto.

Me parece que asistir a los Globos de Oro con la cara lavada es un ejercicio de riesgo y compromiso. En Hollywood te compromete más que desnudarte y colgar la foto en Instagram, como han hecho algunas de sus colegas. Frances llama a sus arrugas "su mapa de carreteras", y la metáfora no puede ser más acertada. Tiene 60 años, y toda la energía de la experiencia sabia se refleja en unos pliegues contundentes que, a mi juicio, son más atractivos que una piel lisa y unos ojos sepultados en kilos de maquillaje de ese que te hace otra por un rato.

"Una de las razones por las que vuelvo a ofrecer entrevistas tras 10 años de ausencia es porque creo que siento la necesidad de representar públicamente lo que he decicido mostrar en privado: una mujer orgullosa y más poderosa que cuando era joven. Y creo que ese orgullo se puede admirar en mi rostro y en mi cuerpo".

Debo confesar que hace años que raras veces salgo de casa con la cara lavada.  Tiro de esas cremas discretas e hidratantes con color y me pinto los labios de un rojo insolente hasta para salir a pasear a mi Brontë. "El rojo en la boca es como ducharse, ¿a que sí?", me decía B. cuando quedábamos para un evento después de una jornada dura de trabajo. "Desde luego que sí" reía yo. Supongo, Frances, que me reprobarías. Mi activismo no es tan radical como el tuyo, pero cuando me miro recién levantada o justo antes de meterme en la cama, con el rostro ya limpio y los ojos al descubierto, soy tan yo -tan poderosamente madura o abatida-  que entiendo lo que dices. Hay algo magnético y atractivo en la ausencia de pantallas. Seducir a los otros o seducirte a ti. O las dos cosas a la vez, para un público pequeño. Como el cine de culto que tú haces.

"Quiero que me veneren. Quiero ser anciana. Tengo algunas cosas que decir y con las que ayudar. Y si no puedo, no me sentiré necesaria". Dices tú.
Mi mapa de carreteras. Despertar.


Creo que tu mapa de carreteras es necesario, más que nunca, para que nuestras chicas jóvenes entiendan un poco más de qué hablamos cuando hablamos de ser mujer y defenderlo.  Que no sólo se trata de denunciar a los otros, algo sin duda justo y  necesario. Que quizás también haya que vindicarse a una misma. Poner nombre a nuestras debilidades. Desafiar esa inseguridad de no ser ni lucir perfectas. Nos hemos puesto el listón muy alto hasta el ridículo. Yo soy incapaz de salir a la calle con el pelo sucio, y llamo sucio a no lavármelo a diario. Pero encuentro un enorme placer cuando paseo con mi perro ataviada con un jersey grande de lana y un pantalón ancho, las botas ya gastadas por las suelas, el gorro bien calado y mi esperanza intacta.

Gracias Frances McDormand por desnudarte por todas. Hoy me levanté y te vi hermosa, la cara tan lavada. Y me hecho una foto tal cual estoy ahora, sin capas ni aposturas, el sueño aún rondando por las costuras de mi piel ya no tan joven. El día por delante.


P.D. Una vez estuve muy cerca la actriz. Era la presidenta del Jurado en el Festival de San Sebastián, me parece. En el patio de butacas, lleno hasta la bandera,  su luz inteligente lo iluminaba todo.

domingo, 14 de enero de 2018

EL OLVIDO QUE SEREMOS (SOMOS LA MEDIDA DE LO QUE PREGUNTAMOS, QUERIDO HÉCTOR ABAD)

Te vas e inmediatamente te desaparecen. O a las pocas horas, o días, o semanas. O ...

Irse es empezar a morir un poco.  El futuro es un ejercicio de pura resurrección que ahora se llama reinventarse. El eufemismo, ya sabes,  es como ese bálsamo del Tigre maloliente. Vale para casi todo.

No es dramático, le decía el otro día a L. tomándonos un zumo de naranja después de una satánica sesión de reconstrucción de lumbares en el fisio. No somos tan importantes, el apego es móbile, como la donna. Las vidas se reorganizan como caprichosos sistemas entrópicos. De repente estás, al minuto no estás y se pone en marcha la máquina del olvido. Unas piezas sustituyen a otras y no, no son lo mismo pero hacen el apaño. Remiendos a la cubana de esos viejos coches que funcionan con latas y un poquito de alegre desesperación.

No hay reproches.  Hay un fondo de tibia decepción que se parece mucho a la niebla que precede a un día de sol.  Hay relaciones tejidas al calor de una trainera donde remabas en grupo y con esfuerzo. A ratos agónica corriente arriba, como la del salmón. La camaradería de un campamento de verano adolescente del que todos salíamos con el amor de nuestras vidas y al llegar a casa y leer esas cartas se producía un extrañamiento pegajoso. ¿De verdad quiero quedar en Madrid con ese chico de Burgos con acné y mirada bovina?

También las tensiones, la indignación, la ira. Los nervios. El desengaño. Los sentimientos unen. La emoción es presencia. Te vas y se evapora. Normal. La máquina del olvido no necesita ningún mantenimiento ni se actualiza como una Thermomix cada diez años. La supervivencia es quien la engrasa. El instinto de presente. Ese tan animal del que nadie escribe ni habla, y sin embargo...

"Ellos están enredados en un aquí y un ahora del que ya no formamos parte", te decía. ¿Ni una llamada de cómo estás? ¿Apenas un "Feliz Año. Espero que te vaya bien"? Frío, frío. Tienes razón. Las preguntas autoconclusivas, esas que no esperan respuesta, son las más dolorosas. Uno es la medida de lo que pregunta. De lo que quiere saber. Preguntar es comprometerse, desde luego. Los que nos ganamos la vida haciendo preguntas a otros sabemos que no es fácil escupir palabras sin que te mojen un poco.

"Ya somos el olvido que seremos", escribió Héctor Abad Faciolince en ese libro magnífico del que aún no se ha recuperado, me parece.  Y antes  J.L Borges. Pero somos aún más un aquí y un ahora. Y puede que la eternidad sea aferrarse al chispazo del momento con todas nuestras ganas, y dejarlo pasar en una despedida seca, desprovista de lágrimas. Y ver aquellas caras en un caleidoscopio emocionante, y estrenar un jersey, unos zapatos, y sentirse domingo cada lunes.

A todos mis fantasmas del pasado, sabed que sí os recuerdo aunque no me manifieste, como esas almas tercas en las sesiones caseras de la buija. A ratos saco mi vieja Super-8 y os proyecto. Y se me escapa una sonrisa, alguna lágrima, bastantes carcajadas. Fuimos y disfrutamos. Sufrimos y picamos mucha piedra. Espero perdonéis mis torpezas y excesos. Soy tan profundamente humana que da miedo. Quedáos si podéis con mi pasión y con ese entusiasmo casi infantil que es mi droga.

P.D. El poema de Borges es perfecto para este domingo amodorrado en el que planeo un encuentro feliz con mis amigas de la universidad. Esas que siempre están y estuvieron. El presente continuo que es el amor verdadero.

Aquí. Hoy

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora

y que fue el rojo Adán y que es ahora

todos los hombres, y que no veremos.



Ya somos en la tumba las dos fechas

del principio y el término. La caja,

la obscena corrupción y la mortaja,

los triunfos de la muerte, y las endechas.


No soy el insensato que se aferra

al mágico sonido de su nombre.

Pienso con esperanza en aquel hombre



que no sabrá que fui sobre la tierra.

Bajo el indiferente azul del cielo,

esta meditación es un consuelo.


P.D. 2. Y para ti, querida L, este fragmento de "El Olvido que seremos", la novela que conviene leer para identificar un sentimiento que todos hemos experimentado a través de una historia única:

"Todos estamos condenados al polvo y al olvido [...]. Sobrevivimos por unos frágiles años, todavía, después de muertos, en la memoria de otros, pero también esa memoria personal, con cada instante que pasa, está siempre más cerca de desaparecer. Los libros son un simulacro de recuerdo, una prótesis para recordar, un intento desesperado por hacer un poco más perdurable lo que es irremediablemente finito. Todas esas personas con las que está tejida la trama más entrañable de mi memoria, todas esas presencias que fueron mi infancia y mi juventud, o ya desaparecieron y son solo fantasmas, o vamos camino de desaparecer, y somos proyectos de espectros que todavía se mueven por el mundo. En breve todas estas personas de carne y hueso, todos estos amigos y parientes a quienes tanto quiero, todos esos enemigos que devotamente me odian, no serán más reales que cualquier personaje de ficción, y tendrán su misma consistencia fantasmal de evocaciones y espectros, y eso en el mejor de los casos, pues de la mayoría de ellos no quedará sino un puñado de polvo y la inscripción de una lápida cuyas letras se irán borrando en el cementerio".


jueves, 11 de enero de 2018

LORENZO SILVA O LA MUERTE DEL EGO FRENTE AL YO

La decisión del escritor Lorenzo Silva de abandonar Twitter se ha hecho viral. Su popularidad se le hizo bola, podría decirse. En las redes uno no puede tirar la piedra y esconder la mano. Es más, la piedra queda gravitando en suspensión de por vida a merced de sucesivos avistamientos que impedirán su anonimato en función del interés más o menos espúreo de cada avistador. Como pálida basura interestelar con lágrimas de lluvia más allá de la puerta de Tannhäuser, podríamos decir.

El narcisismo, con la venia de la Iglesia,  es el mayor de los nuevos pecados capitales. También una epidemia sin vacuna. El mono que seguramente sentirá Lorenzo Silva deberá pasarlo a pelo, sin drogas alternativas. Es un valiente y aplaudo su gesto. Quedarse con el yo al desnudo no debe ser fácil. Un vacío abisal. De pronto nadie te hace la ola, nadie debate tus ocurrencias, nadie te increpa, te adula o te insulta. Tú contra ti. La vuelta al Yo, la retirada al cuarto de pensar del Ego. Ese que nos hace provocar una sacudida inmediata con apenas 180 palabras  y buscar una cadena de orgasmos que mantenga nuestra frágil autoestima a buen recaudo.

Yonquis del Ego. De eso hablo.

Supongo que la enfermedad empieza a llegar a los divanes. Psicólogos y psiquiatras pronto tendrán más trabajo de los top-influencers. Imagino una terapia en la que al paciente se le prescribe que elimine el pronombre personal  "Yo" de cada frase o que se ate las manos delante del ordenador. Una operación detox mucho más radical que la del famoso jarabe de arce (que al parecer es un bluff).
Hildegarda de Bingen

Naturalmente, tendrán que tratar a otros enfermos colaterales. Porque la cara B del narcisista es el voyeur. Ese que mira, escudriña, observa y calla. Un onanista  que aprovecha su silencio para moverse  y sacar tajada. Un ser que imagino ladino y subrepticio, una serpiente que espera su momento para sacudir el veneno en el cuello del incauto pavo real.

Querido Lorenzo Silva. Espero que tu tránsito al silencio sea leve. Ya sabes que tu huella es indeleble, las palabras son tercas y los retuits te perpetúan. La huella digital es una letra escarlata. No pudiste soportar tanto ruido, tanta miseria. Imagino conventos para internautas que quieren dejar de serlo. Un nuevo ascetismo con música de Hildegarda de Bingen como única compañía. A lo mejor descubrimos que dios era eso. El puro yo desnudo, libre de esclavitudes, de likes  y de palabras.

P.D: (En adelante llamado "hacerse un Lorenzo Silva").






lunes, 8 de enero de 2018

EL NEGRO ES EL NUEVO NEGRO (DE LOS GOLDEN GLOBES A LAS REBAJAS)


Golden Globes 2018. Black is black
1.Vuelve a empezar todo. El panta rei de Heráclito nos coloca en la cresta de una ola que se llama año nuevo. Ilusionante, retador, esperanzado...No hay nada más democrático que estrenar una vida nueva un lunes postciclónico de enero. Las carreteras ya escupieron la nieve y el aire huele a suavizante para la ropa. Nada malo nos puede pasar a los intrépidos y limpios de corazón (salvo que el vecino deje el grifo abierto, se me ocurre, en cuyo caso seré ponzoña pura).

2.Deseo ardientemente que el estallido de pólvora reinvindicativa por la igualdad y el respeto a la mujer no sea una moda pasajera como los tamagotchis en su día.  Que de las damas de negro de anoche en los Golden Globes se hable más por sus discursos que por sus espectaculares outfit (me los he bebido todos nada más encender el ordenador); Que las palabras pesen y sobre todo permanezcan  más que los escotes y los frufrús. Que al viejo postfeminismo de ayer  no le siga un neofeminismo guay, frívolo y de postureo (gracias RAE). Estrenemos códigos sin dejar de disfrutar y maravillarnos de los vestidazos de Nicole Kidman, Zeta-Jones o Kate Hudson. Lo bello y lo bueno pueden y deben ir de la mano. (Y, por cierto,  el negro es el nuevo negro, queridas estilistas. El círculo se cierra, ya podéis inventar un nuevo claim).

3.Me he propuesto eliminar todas las propuestas irresistibles que entran en mi correo bajo el título "Sale". Pero soy débil y me cuesta. ¡Coger un avión puede ser más barato que ir al teatro! ¿Evasión o cultura? (Por cierto que en breve me espera Iphigenia en Vallecas, regalo de Navidad de mi amigo J. que al parecer es la bomba. Os contaré a su debido tiempo).  Y sí, ya piqué y me he hecho en rebajas con un jersey de mohair blanquinegro definitivo que no pica mucho, una sudadera hiphopera que mis hijas creen que es un disfraz para hacerme la joven y una falda deconstruida con raya diplomática, todo de de &Other Stories. Hay vida más allá de Zara (no mucha, pero hay).

4.Anoche mi Brontë vino a verme a la cama en su ronda habitual previa a retirarse a sus aposentos y, para mi pasmo, se hizo pis sobre mi edredón blanco inmaculado delante de mis narices. Reaccioné como un gremmlin al agua. ¿Ha marcado el territorio, mi territorio, un cachorro de siete meses? ¿Qué me ha querido decir este machito? ¿Es hora de esterilizarle o de cruzarle con una preciosa cocker canela, como sugiere J? Ser neófita en el tema me impulsa a tomar decisiones drásticas, aunque la cosa se queda así porque en casa no me dejan. Y, en cualquier caso, no soy partidaria de los matrimonios pactados.

5.Mi cuaderno verde de las ideas y proyectos está al rojo vivo. Os dejo que debo ponerme en marcha. Bendita sea la vuelta a la rutina sin rutina, vade retro esos polvorones que siempre sobran y terminas comiéndote por no tirar comida. Welcome back a la crema triste de verdura y al pescado a la plancha, tan justos y necesarios.


jueves, 4 de enero de 2018

O NETFLIX, O UN LIBRO. THAT IS THE QUESTION

Últimamente he vuelto a las series y no puedo arrancarme de la piel cierta sensación pegajosa de culpa. Naturalmente, me inventé una coartada: "Es  una clase de inglés, pero divertida", y de hecho cuando me despido de la familia rumbo a la cama con mi amigo MAC entre las manos, me siento un poco fugitiva y murmuro un "buenas noches, me voy a mi clase" muy poco convincente y aún menos salvífico. O Netflix o un libro, that is the question. Pero nunca se me ocurriría madrugar para ver "Dark" (que encima es en un inglés "muy alemán" :))), y sin embargo es un placer hacerlo para revisitar a mi Robert Louis Stevenson y hurgarle las tripas en busca de la certeza necesaria del día:

"La primera obligación que todo hombre tiene en este mundo es pagar su billete; cuando eso ya está cumplido, entonces puede lanzarse a cuantas excentricidades desee. Pero no hasta entonces, debo insistir. Hasta entonces ha de hacer la corte asiduamente al burgués que lleva el monedero. Y si en el curso de estas capitulaciones desvirtuara su talento, entonces es que este nunca fue recio, y habrá preservado algo mejor que el talento: el carácter". ("Escribir. Ensayos sobre literatura". Ed Páginas de Espuma).

Carácter o talento. No se me hubiera ocurrido pensar en esta posible dicotomía. Pagar mi billete, lo primero. Ayer hablaba de eso con  U. delante de un desayuno que nos reunió después de algunos meses. Quedar para desayunar es mucho más fácil que hacerlo para comer o cenar. Requiere  ligereza e impulso, y dado que ambos somos Aries de catálogo, concertamos la cita en segundos y nos entregamos a ella con el alborozo de dos adolescentes que acaban de recibir la paga y el permiso para trotar por las calles sin rumbo. Mi querido U. es un teclado de piano movido por unas manos vivaces e invisibles. Siempre huele a deliciosos perfumes nicho, es artista y paga los billetes cumpliendo encargos que no siempre le llenan. Pero los hace con una alegría tal que no por autoinducida a veces podría calificársela de falsa. Cuando enhebramos el hilo del encuentro me descubre revistas, artistas o lugares que desconozco, y yo a cambio siento que le doy poca cosa. Juntos hemos pisado aeropuertos y perseguido historias para una revista que fue, y cada vez era un "planazo". Y lo era, y nos entregábamos ambos con un entusiasmo tal que parecíamos dos becarios en su día de estreno. Y ya de paso teníamos largas conversaciones salpicadas de risas y de planes.

Ayer, digo, U. y yo hablamos de Stevenson sin nombrarle. Primero el billete, después las excentricidades que deseemos. Nunca comulgué con la figura del muerto de hambre que apuesta su destino a una novela, abandona su trabajo y se entrega a un proyecto que casi nunca le sacará de pobre. Hay casos heroícos y exitosos, desde luego. Pero el sentido común y el cuidado de la intendencia de un Aries es casi tan robusto como su arrebato por los comienzos o la querencia al rojo flamígero.  Y sin embargo el aire huele a promesa de futuro y veo indicios de esperanza en cada esquina. Escribe, maldita sea. Dosifica esas clases nocturnas, que nunca se te dio bien trasnochar. Cuida el billete y tonifica los dedos. Sin descuidar la sagrada economía, que es la madre del cordero como dice Robert Louis. ¡Ay si esto fuera el Renacimiento y nos rondara un mecenas!

De acuerdo, las Aries somos muy blanquinegristas. Muy de extremos. Muy tremendas. Y hay que tirar de las riendas de ese caballo desbocado y centrarlo. El caracter de mi bienamado Stevenson. Puedes leer, puedes escribir, puedes ganar dinero, puedes seguir con tus clases nocturnas de idiomas. Es enero y el calendario virgen por delante te da una ligereza sin mácula. Exprimir las horas, los segundos. Agradecer estos ratos de silencio rotos por el ocasional dolor de tripas de la nevera. Quedar para desayunar como festín social. Rematar la enésima barra de labios rouge. Apurar las urgencias.  Respirar y sorber al mismo tiempo (Manifiesto Unabomber).

PD. Fui a ver "Muchos hijos, un mono y un castillo", el documental de Gustavo Salmerón  y me reí a carcajadas de loca pirulera aprovechando la oscuridad de la sala. Julita Salmerón es una Diógenes genial y una filósofa de la croqueta a la que hay que escuchar. Las familias numerosas bien avenidas (como la mía) se sentirán en algo identificadas. El caos, la resistencia, el humor como arma , los puñetazos a la individualidad, la desdramatización, las puyas... Ahora que lo pienso U. es también de familia numerosa y se le nota).






martes, 2 de enero de 2018

¿A QUIEN LE EXTRAÑA QUE ZUCKERBERG SE INVENTARA AMIGOS DE PEGA? (CÓMO SER ANTISISTEMA EN 2018)




Manhunt, Unabomber
Terminé el año cenando con los míos alrededor de una mesa de ping-pong en un pueblo perdido de la Sierra Pobre, como solemos. Un menú destartalado que nadie sabe nunca del todo en qué consiste ni lo que le toca preparar pero que aplaudimos como si se tratara de un tres estrellas Michelin. Con relleno de pavo pero sin pavo y después de unas migas del pastor a mediodía con las que levitamos y cada uno digirió como buenamente pudo. Todo un ritual antisistema que a mi familia le chifla y que terminó ayer con una coreografía en plena calle al son de la música de mi coche a todo volumen y sin ensayo general, como a nosotros nos gusta.

Poco antes había visto  "Manhunt" en Netflix, la historia del (fascinante) Unabomber, un tipo muy walden que habría pasado todos los controles de calidad del mismísimo Henry David Thoreau y también los del grunge más Cobain. Ser antisistema y manifestarlo como sepas. Construyendo bombas, comiendo migas con chorizo deluxe como manjar navideño o poniéndote la chaqueta de tu abuelo. El romanticismo del asesino nunca falla, pero sigue siendo un killer aunque luzca guapo, lánguido y tenga los ojos de un inquietante azul polar. 

A mí mi radar "anti" me lleva, por ejemplo,  a negarme a participar de esas conversaciones en las redes sobre el look de cierta presentadora que ha logrado embobar a las masas a costa de despelotarse y armar luego un discurso ¿filofeminista? menos creíble que el rey de la cabalgata de Vallecas. La chica es lista, me consta, y huele el dinero a distancia. Los tontos -con perdón- son el séquito que desperdicia minutos y talento en babearle el escote. Son tiempos de rebaño y nunca antes fuimos tan bovinos. Nos hicieron creer que la tecnología era una espada con superpoderes, que somos los reyes del mambo porque nos expresamos con un tuit a menudo mal escrito y contamos el éxito en decenas de likes.   


Seguramente lo más antisistema hoy sea desconectarse de todo y de todos los espectros desconocidos que Zuckerberg llamó "amigos" en una diabólica manipulación del lenguaje cuando creó Facebook. (¿A alguien le extraña que un ser con aspecto de no haber sido precisamente el más popular de la clase se invente amigos?) . Hoy lo revolucionario es volver a llamar a los amigos verdaderos para tener una conversación de verdad. Con silencios, desarrollos de relato y despedidas sin emoticonos. Llegar tarde a una cita apuradísimos porque no hemos podido retransmitir en directo el retraso por wasap. O llegar pronto y esperar sin fingir que consultamos el mail porque aguardar mirando al vacío es de losers.
 
Amanece 2018 y busco referentes sólidos o evanescentes. Mi horóscopo del Año me augura una salud financiera de titanio y estreno taco Myrga con fe en el devenir. Volveré al gimnasio para caer en una vulgaridad necesaria, me (re)volcaré en mi novela porque sus protagonistas se han creído de verdad lo del libre albedrío y empiezan a mostrar conductas desviadas que comprometen la trama y seguramente el desenlace. Me tomaré la molestia de devolver a Amazon la pulsera china que registró mi actividad y mi sueño apenas dos semanas y luego se apagó para siempre. (Se hace llamar Smart Bandi3HR, ni se os ocurra comprarla por muy barata que os la ofrezca Jeff Bezos). Leeré a Montaigne un rato cada día, como solía, para resetearme. Saldré con mi Brontë a conocer perrillos nuevos y puede que me convierta en influencer canina porque no hay que desnudarse ni nada que hubiera desaprobado mi abuela. 
Menú Nochevieja deluxe


Y si fuera coherente debería autodestruirme y poner fin a este blog, pero me falta valor y me sobran fantasías en la cabeza que debo desaguar cada poco sin pagar un diván. Así que, con la venia, aquí seguiré mientras mi sequía intelectual llega y no llega, y mi puñado de likes me hace pensar -¡oh, chiquilla ególatra!- que estas inquietudes se parecen a las vuestras. Y que somos un pequeño club antisistema que no necesita escotes ni transparencias ordinariotas para incendiarse.




sábado, 23 de diciembre de 2017

MI PERRO ES BISEXUAL (Y UNA DE YORGOS LANTHIMOS)

Brontë, by J.G
Ahora que sé que no me ha tocado la lotería, estoy mucho más tranquila. La suerte súbita es como la muerte súbita. Te pilla siempre con el paso cambiado. En casa siempre se nos ha inoculado el virus del esfuerzo con sus mantras y por alguna razón que se me escapa el 50 por 100 de mis hijas está vacunada contra él. Así que de nada me sirve soltar el rollo de "si ahora estudias mañana podrás elegir la vida que quieras llevar". Es más, cuando me escucho decirlo me siento un cruce letal entre Fátima Báñez y Cristóbal Montoro. 

A falta de audiencia doméstica saco a mi Brontë a pasear. Poco a poco vamos acercándonos a las pandillas perrunas, que nos acogen con los brazos abiertos. Los chuchos son un pasaporte a la sociabilidad, hay quien dice que al ligue. En mi caso, me sirve para aprender del celo macho (y que Brontín en bisexual y casi que dado a los tríos), de la dieta (lo estamos haciendo fatal. Un perro jamás debe comer menú de humanos), o del sueño (todo dios mete en la cama a sus canes, y luego se espantan ante la palabra "zoofilia"). En estos grupos no hay bulling, se practica el amor universal y la paciencia de Job. Por ejemplo, hay una mujer raruna que cada día me pregunta tres veces: "¿Cómo se llama tu perro?" Y yo: Brontë. Y ella: "¿Brote?". Y yo: "Brontë, con ene". Y ella. ¿Bro-te? Y yo. "Bron-të, como las hermanas" (lo cual empeora la cosa porque la pobre se pone a buscar hermanas de mi perro entre la maleza y como no ve nada se cabrea y termina soltándome una suerte de maldición: "Pues los cocker tienen muy mala leche". A lo que yo, muy digna, respondo: "Pues el mío, no".

Nunca he defendido con tanta pasión a mis chukinas, ahora que lo pienso. Cuando me llamaban los tutores para recitarme sus proezas yo me sentía examinada a nivel madre, así que reforzaba la tesis del desastre filial y me defendía como buenamente podía. En el parque, los padres en general me parecían unos petardos porque sólo hablaban del Dalsy, de los potitos, los mocos o las cacas. No de zoofilias, castración sí, castración no o alojamientos petfriendly. Temazos con los que ahora distraigo nuestras salidas. Un padre perruno es mucho más solidario que un humano. Vigila a tu animal como al suyo y si el tuyo es humillado con saña, como ayer mi Brontë, por el resto de la manada (unos chulitos mayores que están resabiados por los años y tantas horas de recreo), ellos siempre se ponen en tu lugar. Además, si pierdes tu bombilla gusiluz el día del estreno, se ofrecen obsequiosos a buscarlo y se organiza una batida de relumbrón en cuestión de segundos que ríete de la de Chencho en "La gran familia".

Luego está la naturalidad. Yo siempre había pensado que cuando a tu perro le daba por montarse encima de otro perro el dueño/a se mosquearía contigo. Pero no. Hasta la fecha los torpes escarceos de Brontë con machos y hembras (ahora entiendo lo del "tanto monta" que nos han vendido como cosa de los Reyes Católicos) se asumen como parte de su desarrollo vital, aunque yo no puedo evitar ponerme un poco tensa e instar al violador a que reponga su actitud, con toquecillos en el lomo poco convincentes.

El verdadero significado...
Si me hubiera tocado la lotería habría comprado a mi cachorro  un chucho  hinchable o  arnés nuevo deluxe con diamantes de pega, campanillas y faraláes. Como no es el caso, le pondré el de siempre y bajaremos a buscar a la de los brotes (psicóticos) y a comprar el periódico. Dos gestos cotidianos que le dan a la vida esa sensación de seguridad y rutina tan necesarias para seguir cuerdo, mientras esos desaforados gritan en la tele "me ha tocado el gordoooooooo" y me lleno de indisimulada tiña porque no me queda otra que seguir practicando el esfuerzo de marras y soltarle el rollo a mis hijas con cada vez menos éxito de público y de crítica.

PD. Hablando de crítica, recomiendo vivamente una  película que vi el otro día,  "El sacrificio de un ciervo sagrado", del demoledor y salvaje Yorgos Lanthimos. Un director griego a quien venero - el mismo de "Canino" o de "Langosta", que habla de la familia desde presupuestos tan destroyer que sales convencido de que la tuya es un chollazo, con perro bisexual y fracaso escolar ocasional incluidos.



domingo, 17 de diciembre de 2017

MI FAMILIA Y EL GEN DEL DISFRUTE UNIVERSAL (No quejarse y enseñar bien los dientes)



Celebración familiar de altos vuelos. Somos casi cuarenta, la tía J, cumple 90 años. Últimamente sólo he visto a mis primos cuando la muerte llamaba a nuestra puerta, y recuerdo la alegría del reencuentro aunque fuera en el tanatorio de la M-30. Esta vez celebramos la vida y hay un revuelo de padres, hijos, sobrinos, nietos, sobrino-nietos y etcétera. Todos  sonreímos igual, como si no hubiera boca suficiente para tantos dientes y el futuro fuera una carretera lisa y recién asfaltada. Lo veo en las fotos del álbum que preparo, unas horas después de salir de la reunión. Un gen del disfrute universal les fue inoculado a mis ancestros y, bien mirado, eso es casi mejor que heredar un porte distinguido o una cuenta corriente estilo Trump. No depende de las contingencias, es un cheque en blanco o un sueldo Nescafé para toda la vida.

De pronto mi otra tía, que  no se anda con rodeos, dispara con una croqueta en la mano: 1."¿Tienes novio?" 2."¿Cuántos novios llevas ya?" 3."¿Vas a casarte?" (así, seguido y en plan Kalashnikov).  Reconozco que sus dardos cariñosos y bien orientados me rejuvenecen y me otorgan una vitola de seducción fatal muy Wallis Simpson. Tan alejada de la realidad que me da la risa. Son esas preguntas que se le hacen a los teenagers cuando enhebran amores como una cadeneta de principios eternos. 

Somos mayores, se supone, pero me produce extrañamiento no sentirlo así. Somos los mismos primos que corrían por el pasillo angosto de casa de la abuela esperando el delicioso bocadillo de jamón con mantequilla mientras sonaban los villancicos flamencos que mi abuelo ponía en Navidad. Y ese olor a perfume Joya en el cuarto de baño mezclado con bolitas blancas para las polillas. Y la mesa camilla con el brasero ardiendo.

Luego, la vida te separa con sus urgencias y sus cantos de sirena. Si tienes cuatro hermanos y además los adoras, más sus parejas e hijos, muchos hijos, ya tienes entretenimiento para muchas comidas, y a los tíos y primos los ves menos, cuando tocan a boda, a comunión o a muerto.

Pero mi tía J. está muy viva y ayer era una reina rodeada de muchos. Su hijo le leyó un texto emocionado que daba cuenta de su historia, de cuando la guerra civil y las penurias, de cuando trabajaba en un laboratorio, de cuando se casó, de cuando perdió a su otro hijo y perdimos todos la sensación de inmortalidad. Al nombre de mi primo, sentimos el picor de la soga en  la garganta, pero ella se mantuvo serena como entonces. Mi tía es de esas mujeres que lloran por dentro, lloran en seco y sonríen como quien acepta que la vida es como venga, aunque lo que venga sea un tranvía de frente y se lleve por delante lo mejor que tenías. Mi tía no se queja, nunca lo ha hecho. Y casi no oye, y le cuesta mucho andar y vive en una casa con muchas escaleras. Pero ella no se queja. Te lo cuenta y sonríe.


No quejarse en exceso y enseñar bien los dientes. Ese es el truco. Y agradecer ese gen que compartimos y nos hace sacar la proa aunque el hielo se clave en el casco del barco. Mi tía J lleva haciéndolo noventa años, yo no espero ser menos. ¡Qué suerte de familia me ha tocado!.

PD. Quería tía C, respecto a tu pregunta de los novios, te diría que son más que los de la reina Fabiola y menos que los de la princesa Margarita (ahora que ando absorta en "The Crown", temporada 2).


viernes, 15 de diciembre de 2017

POR QUÉ MIS HIJAS Y LAS TUYAS DEBEN VER "LA LIBRERÍA" DE ISABEL COIXET

Que los libros abrigan es una constatación. Nada en contra del Kindle, pero no he caído entre sus fauces porque soy de condición friolera, porque me gusta tocar el papel y escribir lo que pienso en sus orillas como una graffitera macarra casi tanto como encontrar un libro subrayado por otros. Porque no ha habido lugar ni ocasión. O no sé...

Ayer por fin fui a ver "La Librería", de Isabel Coixet,  después de algunos intentos fallidos. El  día anterior lo había programado, pero las "aboteprontistas" tendemos a distraernos con cualquier hilo que cuelgue. En mi caso me enredé con mi compañía telefonica en casi una hora de conversación obtusa y desabrida con tres de sus profesionales. Tuve suerte, uno parecía entenderme. El resto eran de otro planeta y hablaban tan despacio y tan vacío  que se me iba el pensamiento hacia mi librería. O sea, que los libros además de abrigar te dan una sólida coartada contra el absurdo.

Al fin ayer decidí no llamar a nadie para gestionar nada a partir de una hora prudencial y fui a ver la película.

Los augurios no pudieron ser más prometedores. En el cine Verdi, que ha suprimido a las taquilleras y ahora vende las entradas en el mismo bar donde las palomitas a 5 eurazos, escuché una conversación entre un hombre y una mujer a mis espaldas.  Él decía: "A mí me gustan los efebos, pero a vosotras las mujeres de entre 45 y 50 os encanta George Clooney. Esa prestancia y apostura de varón clásico...Aunque luego soléis iros más con los jovencitos, como hago yo".

Reconozco que me dieron ganas de darme la vuelta y entrar en la conversación, decirle al señor - su tono era de señor mayorcito y sin ninguna pluma- que como señora en esa franja de edad a la que le gustaba George Nespresso no me palpitan las sienes cuando lo miro, pero mi desinterés por los efebos es aún mayor. Que si debo preocuparme por no sentir ese ardor por las musculaturas firmes y las dentaduras originales...Al darme la vuelta comprobé que era un señor de más de sesenta con una mujer de mi target. Parecían un matrimonio largo y apacible que sale los jueves. Me gustó esa ruptura de esquemas y prejuicios. Me compré regaliz rojo, ese pecado culpable.
Bill Nighy

 La película cuenta una historia pequeña y conmovedora. No es nada pretenciosa, se recrea en los detalles que importan y tiene una textura de esos verdigrises tan british que me encantan. Hay diálogos memorables en los que no sobran palabras. Hay una relación poco convencional y vibrante entre un hombre y una mujer que no empieza ni termina como las de las comedias malas. Hay un papel pintado que podía haber salido de las manos del virtuoso  William Morris (imprescindible su expo en la Juan March) y unos tonos empolvados que le dan a la película una solvencia visual absoluta y al servicio del relato.

Creo que la película va de menos a más. Que igual sobran los planos de ensoñación por el marido muerto y el excesivo histrionismo del amigo traidor. Pero son detalles que no ensombrecen una historia potente con un casting prodigioso y una música que te mete en los vericuetos de un pueblo inglés con todos los defectos del provincianismo pacato. Creo que la historia de Mrs Green es la de una heroína, y quiero ya que mis hijas vayan a verla y entiendan que hay modelos de mujer que no se parecen nada a la ñoñería que puebla las películas diseñadas para atontar adolescentes. (Y su fondo de armario es tan perfecto y coherente y rebonito que espero que -además de otros- se lleve el Goya al vestuario)

Y, por supuesto, me enamoré de ese hombre que se parece a John Berger (a quien la directora dedica el filme) y cuya presencia lo llena todo. Se llama Bill Nighy y en casa lo vemos cada Navidad cuando toca la noche "Love Actually". No es un efebo, me temo. Es un pedazo de tío sin edad que mueve un músculo de la cara y se caen uno o dos edificios. Desconozco cómo anda de piezas dentales, me impone su conjunto y siento celos de Florence Green y de esa secuencia de ambos en la playa invernal. 


"La Librería" es cine europeo del bueno. Carece de ese defecto tan español de contarlo todo, de esa tentación de llenar las películas de chicos de la tele como garantía de taquilla. Habla de amor y de libros, de cómo las buenas historias abrigan aunque en tu sótano haya un charco de agua helada. Habla de que las mentes abiertas dejan que pase la corriente, y las cerradas apestan aunque lleven vestidos tafetán en turquesas pasados por talco y se pinten los labios de rouge vivo.

Gracias, Isabel Coixet, por acercarnos a una heroína. Tengo un libro de Penelope Fitzgerald por leer, ahora me urge hacerlo. Creo que también volveré a tus "Cosas que nunca te dije", esa película valiente y tan distinta de lo que estábamos acostumbrados a ver entonces. Hacer buen cine español internacional era eso...


(Ayer jueves la sala estaba semivacía, pese a que sólo un día antes Isabel Coixet había conseguido 12 nominaciones a los Goya.  El cine sin taquilleras huele a trágico destino. ¿Qué será de nosotros si dejan de venderse palomitas?)

PD. Aunque he puesto hijas en el título creo que es una película para todos. Pero me encanta que la heroína no sea una mujer del cliché guapérrimo, intercambiable y vulgar de tantas películas. Coixet siempre elige mujeres con alma y con cerebro, y eso la honra)