jueves, 27 de julio de 2017

SIMULACRO DE DIVORCIO PARA SERES FELICES. (Monólogo del Club de la Tragedia)

By Richard Serra
Recogí en mi red de pesca una frase de Richard Serra, ese artista total cuya obra me provoca tanto vértigo como rendida admiración: "Para mí, el dibujo es una rutina diaria, un sitio al que acudo en busca de alimento”. Yo para eso mismo acudo a la escritura, al trote por el parque retomado, al arte en los museos, a mi casa con patio, a los abrazos con beso sin baba y a los encuentros con mis amigas. En tiempos de temblores en el suelo y golpetazos en el techo -una obra en el piso de arriba me recuerda que la guerra de Bosnia Herzegovina sigue vigente- sólo quiero ver a quien me aligera el peso de mis pies encharcados. Y cuando nos despedimos, siempre hay un eco que resuena.

Rebobino una semana de estrechos momentos de amistad y llego a la confidencia triste de mi querida M. Un divorcio dentro de una familia piña es un tsunami y ella tiene esquirlas de amargura en la mirada. Yo relativizo con esa know how de divorciada añeja y satisfecha, y luego pienso que toda pareja feliz debería hacer un simulacro de separación cada cinco años. Algo así como el servicio militar en Israel o la evacuación anti incendios que te obliga a salir pitando de la oficina para comprobar el minutado del espanto si ocurriera el espanto.

La cosa sería como sigue: "Tenemos que hablar" (la frase más amenazadora de la historia). Y en un sofá seguramente de IKEA debatir la custodia de los hijos, aportaciones económicas, periodos vacacionales y hasta turnos del perro. Serenamente, sin nudos en el estómago ni tabúes. Con toda la crudeza del descenso a las cloacas del desamor, y asumiendo el riesgo de salir algo trasquilado (equivalente a que se te dispare el arma en las prácticas de tiro).

No hay nada tan contingente como el enamoramiento. Y nada tan estúpido como contagiarse de los claims del romanticismo barato para pensar que siempre dura siempre. El desideratum de amor es mucho más realista que el ardor, y no precisa un saco de antiácidos. A base de practicar con desigual nivel de desempeño he aprendido que cuando encuentras al Otro asumes el miedo de la pérdida y el "tenemos que hablar" no es un monólogo del Club de la Tragedia sino un dueto vivaz que a veces, sólo a veces, lleva lágrimas que conviene enjugar y sorber sin temor a que se te corra el rímel.

No aferrarse al amor podría ser la mejor manera de perpetuarlo. Se me ocurre. Uno no es el otro, como no es lo que hace para ganarse el pan, sino cómo lo hace. Qué talento despliega, cuánto riesgo asume, qué arrojo y generosidad pone sobre la mesa. Qué dimensión alcanza lo que crea. Qué grado de resiliencia demuestra cuando vienen mal dadas.

Busco estos días mi alimento, querido Richard Serra, como mi perro Brontë husmea el comedero. Me pregunto por qué siento esta extraña plenitud, este optimismo que impulsa ingenios y no entiende de derrota. El depósito está lleno, benditas sean las musas, y no hay calor que no soporte este cuerpo dispuesto a recibir las llamas de un incendio que no arrasa los bosques. Sin saberlo he vivido simulacros de pérdida. Así que estoy entera y decidida. Diría que a borbotones, si hubiera que pensar en una imagen. La lava del volcán, el mar a punto de nieve.

Vuelvo a tu laberinto en el Guggenheim. La materia del Tiempo. Esas sensaciones que revivo cada vez que me sumerjo en tus bucles de acero, cada muerte de Papa.  La presión, el delirio. Ideas a destajo.  Soledad necesaria, sé que insisto.

Mi alimento más básico, ahora lo entiendo, es todo lo que provoca una chispa y va tomando forma en un cuaderno. Y me quedo sin páginas, socorro!