martes, 8 de agosto de 2017

MI INFANCIA ERA INMORTAL, EL PUEBLO OLÍA A VACAS

 El pueblo olía a estiércol y la casa a un potente matamosquitos que no entendía de perfumes florales. Anoche, bajando las escaleras angostas, me invadieron de pronto ambos aromas que ha amordazado el tiempo, aunque queda un remedo que estalló  sin preaviso en el recodo de los peldaños de la casa que fue de mis bisabuelos, Casa Marco, porque aquí los hogares llevan nombres raros que nada tienen que ver con los apellidos familiares.

Así, mi abuela era Merceditas “de casa Marco”. Su lápida blanca en el cementerio, a donde fuimos a las pocas horas de llegar al pueblo, reza solamente "Mercedes", y arriba, en una esquina, “Casa Marco”, por deseo expreso de mi padre, que también lo ha hecho bordar en las toallas a un tamaño descomunal. Un detalle insólito que más parece su empeño en resucitar obstinado el peso de sus raíces que una coquetería doméstica.

Porque mi padre siempre ha sido “un Adán”. Eso que decían antes para referirse al desaliño indumentario. Pero desde que descubrió Amazon y los tentáculos al mundo de Internet tiene más camisas que yo zapatos.

El pueblo donde me perdía de pequeña en aquellos veranos lentos donde me sentía inmortal no tiene pérdida. Las casas de piedra o enfoscadas siguen ahí, y el adoquinado de las calles es nuevo y muy civilizado. Apenas he visto perros, esos que me atemorizaban entonces, ni tampoco esos enormes excrementos de vaca que había que sortear hace cuarenta años para recoger en casa el bocadillo de pan con mantequilla y azúcar de merienda.

He vuelto brevemente a un lugar que no es extraño y sin embargo siempre ha sido de paso. De paso entre veraneo y veraneo, de vuelta antes de casarme, casi inexistente mientras pasaban los años y nacían y crecían mis hijas. Y desaparecido como un hiato largo cuando los lazos se rompieron y el corazón se hizo añicos, condenando al pueblo al olvido, y con él a toda la región montañosa y adusta que es el Pirineo.
 
Hoy, el río sigue ahí, pero el agua parece haberse domesticado y ya no es el acerico  de agujas de hielo de entonces. O lo mismo soy yo, más protegida por la carne que entonces era puro hueso con fibra. Y en dos días me he pegado largos baños, y he buscado a esos tábanos que acribillaban la misma piel que la crema Nivea lata azul desprotegía y exponía a quemaduras que nos impedían dormir y que mi madre atemperaba con vinagre. Pero en esos años nadie hablaba de cáncer y despellejarse era casi un ritual iniciático de las vacaciones. Si no ardías, no eras nadie.

El pueblo de mi niñez era la plaza llamada “El Plano” y un helado mini Apolo que se anunciaba en la tele y cuya letra y música aún recuerdo. Mis padres nos lo compraban algunas noches, después de cenar, y nos parecía un detalle muy excepcional. Salir a la calle a esas horas era la libertad tras el férreo régimen familiar del curso y sus rutinas escolares. El reloj de la iglesia marcaba el tiempo de la ausencia de prisas, subido en bicicleta. Y también llamaba a la misa del domingo donde mujeres y niños nos sentábamos frente al cura y los hombres atrás, como para salir huyendo de dios en un descuido.

A mi padre, un día, le dio por volver al pueblo y asentarse, y ahora es uno más. Como la Peña Montañesa que reina, sacerdotisa regia. Como los jabalíes o la longaniza del aperitivo con esas deliciosas cañas de Casa Sidora que nos han hecho felices a mis hermanos y a mí. Y entiendo que hay un día en que la ciudad te desposee, y mi padre lo vio e hizo el petate. Y asumo que para él volver a vernos es un éxodo duro, y que a partir de ahora nos tocará venir, y podrá ser gozoso.

No recordaba el sol, despiadado. El Norte de aquí es un Norte hostil cuando le da por calentarse, no como mi Norte astur. Ayer de caminata el cuero de la piel se acartonaba y un cadáver equino nos recordó que en estos parajes no se andan con tonterías. Y que sólo las cabras se sienten como en casa.

Y justo antes de volver busqué en las esquinas del viento a mi abuela, la Yaya. Que subía cargada de café para la parentela, cuando el café era un lujo, hace ya tanto... Y espero que nos vea desde la Peña Montañesa hoy sembrada de nubes contemplando los muros de esa Casa que ha resistido el paso de los años sin perder el olor a chimenea de ayer. Y a donde habrá que volver a encontrar a mi padre, a besar esa infancia fugitiva.